La aventura en la que se adentra en la espesura de la noche, en busca de la cima del Volcán Acatenango, es trascendental -el concebirnos seres tan diminutos e inmensos a la vez-.

El escuchar como el corazón golpea fuerte

y los ojos nos advierten del mundo y sus paisajes maravillosos.

Como toda cima y como toda lucha,
no es tarea fácil el conectar cuerpo, mente y espíritu
para disminuir el agotamiento físico y lograr la cumbre, esto es vital.

Ir entonces pues contra las pequeñas lluvias que nos regala el bosque, contra la noche, contra el viento que golpea fuerte y corre como silbido entre los árboles.
El cuerpo empieza a entrar en calor y rápidamente se adapta,
el sol espera con ansias y viene desde lejos hacia nosotros.

El volcán de Fuego, paralelo al Acatenango,
da la bienvenida y retumba con una erupción

que resulta un espectáculo de lava maravilloso ante los ojos.

Empieza amanecer y las estrellas se ven aún en el cielo.

Se logra la cumbre y te felicitas por ello y empiezas a sentir el paisaje de cielo infinito y de lo liviana que se siente la vida en lo alto, de cómo la luz da alas y el estómago duele menos de miedo cuando te alzas a soñar.

Por: Ashley Cohuoj

Instagram.com/cohueez

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